El 22 de diciembre de 2012, coincidiendo con el solsticio de invierno y el inicio simbólico de una nueva era, plantamos en Kaaño Etxea un árbol muy especial: el Roble de la Paz.
Nació de un deseo profundo de contribuir, desde nuestra casa y nuestra tierra, a la armonía entre las personas y con el planeta.
El roble, árbol de fuerza y de permanencia, representa el vínculo entre el cielo y la tierra. Al plantarlo, sentimos que este gesto sencillo nos unía a algo mayor: la esperanza de que cada acción consciente, por pequeña que sea, puede generar equilibrio y bienestar a nuestro alrededor.

Las cuatro ramas, las cuatro direcciones
Cuando terminábamos de plantar el árbol, observamos que tenía cuatro ramas principales.
Para nosotros fue una señal: las cuatro direcciones, los cuatro elementos, los cuatro miembros de nuestra familia —Patxi, Alberta, Izar y Alaia—.
El número cuatro, símbolo de la Tierra y de la creación, nos recordó la conexión entre lo humano y lo universal, entre el hogar y el cosmos.
Así, el Roble de la Paz se convirtió en un símbolo vivo de equilibrio y pertenencia.
Cada estación, cada lluvia y cada rayo de sol siguen alimentando esa intención original: crecer con firmeza, pero también con humildad.
Tierra y agua de todos los lugares
Desde aquel día, invitamos a las personas que visitan Kaaño Etxea a traer un pequeño puñado de tierra o unas gotas de agua de sus lugares de origen.
Cada aportación se mezcla con las raíces del roble, como una ofrenda y un deseo compartido de paz entre todos los pueblos y regiones del mundo.
Con el tiempo, este árbol se ha convertido en un punto de encuentro espiritual, un símbolo de unión entre culturas, creencias y corazones.
Su crecimiento refleja la suma de todas esas energías que, desde distintos rincones, se entrelazan en un mismo propósito.
Un árbol, una intención
El Roble de la Paz no es solo un árbol. Es una promesa.
Una invitación a recordar que la paz comienza en lo más pequeño: en nuestras acciones cotidianas, en la forma en que nos relacionamos, en el respeto hacia la tierra que nos acoge.
Cada vez que alguien llega a Kaaño Etxea, se acerca a él con una mirada distinta. Algunos lo contemplan en silencio, otros le dejan un pensamiento, una piedra, una palabra.
Todos, de alguna manera, contribuyen a su crecimiento y a mantener viva la intención con la que fue plantado.
Una raíz para el alma
Hoy el Roble de la Paz crece fuerte, abierto a los vientos de Basaburua, alimentado por el agua, la tierra y la energía de quienes creen en un mundo más consciente.
Cada hoja que brota nos recuerda que la verdadera transformación comienza desde adentro, como la semilla que se abre en la oscuridad para buscar la luz.
Si alguna vez vienes a Kaaño Etxea, acércate a él.
Quizás sientas, al igual que nosotros, que sus raíces también son las tuyas.

